“La pornografía es al sexo lo que el McDonal’s es a la comida. Una versión plástica y genérica de la realidad” (Gail Dines).

El término pornografía hace referencia a todos los materiales que representen, relaten, muestren o hagan imaginar actos eróticos o sexuales que provoquen el deseo, la excitación y el orgasmo del receptor de dichos materiales. Es el término que se le da al sexo no relacional sin ningún requisito de intimidad afectiva. Ha aparecido en todas las culturas y civilizaciones durante siglos. 

Las representaciones eróticas y lascivas (dibujos y esculturas) se remontan a tiempos tan primitivos de la historia humana como la era del Paleolítico, aunque el concepto moderno de la pornografía utilizado en nuestros días se define a partir de la comercialización masiva de material erótico durante la época Victoriana en el siglo XIX, momento en el que abandonó el carácter erótico-artístico, aumentando su distribución a partir de la producción en masa durante la 2da. Revolución Industrial.

Si bien, durante mucho tiempo la pornografía fue difícil de producir y distribuir masivamente y, por lo tanto, al alcance casi exclusivamente de los ricos, con la llegada de las grandes imprentas, el cine y la fotografía, todo cambió y pudo ser asequible incluso para los menos acaudalados.

La pornografía como la conocemos ahora (o moderna), consigue mayor presencia a partir de la Edad de Oro del Porno, durante los años setenta, época de la Revolución sexual y que persiste hasta la actualidad, siendo uno de los negocios más lucrativos y controversiales.

Desde esa época, el cine pornográfico ha evolucionado hasta convertirse en el género erótico más común; a veces, pornografía es interpretada como «cine pornográfico», aunque siguen existiendo la literatura y el arte erótico en múltiples representaciones. La pornografía actual, se manifiesta a través de una multitud de plataformas, tales como el cine, la literatura, las historietas, la fotografía, la escultura, las caricaturas y ha logrado un gran auge en prácticamente todos los medios (revistas, películas, libros, audios e Internet); muchas mujeres prefieren la literatura erótica a la pornografía visual.

La realidad, es que los contenidos sexualmente explícitos permiten explorar y estimular los más íntimos deseos eróticos tanto de hombres como de mujeres y por dicha razón son bastante infalibles en sus resultados.

La pornografía sigue siendo un tema controvertido, ya que, si bien puede incrementar el deseo, la excitación y facilitar la obtención del orgasmo de las personas, algunos experimentos han confirmado el impacto que provoca en el cerebro, la estimulación excesiva del centro del placer mediante los contenidos sexualmente explícitos: ¿qué es lo que provocan exactamente en nuestro cerebro?...

El excesivo consumo de pornografía puede alterar el funcionamiento de nuestro cerebro, provocando que surja el comportamiento adictivo. Tanto el hecho de mantener relaciones sexuales placenteras como imaginarlas o verlas, conduce a la liberación cerebral de una sustancia llamada dopamina (un neurotransmisor relacionado con las funciones motrices, las emociones y el placer).

La diferencia con respecto a practicar sexo, es que la pornografía produce una descarga excesiva de este neurotransmisor y puede producir desórdenes cardiovasculares, renales, estomacales o endocrinos, entre otros; pero, además, al producirse esta intensa descarga, el organismo necesita volver a producirla, por lo que promueve la repetición de esta conducta y pudiendo derivar en un círculo vicioso que lleve al individuo a perder la capacidad de autocontrolarse.

El cerebro, mientras tanto, reduce su actividad en los centros de recompensa, por lo que mientras más cantidad de pornografía recibe, menos actividad tiene, según concluyó un estudio; esto hace que se necesite más dopamina para sentir el mismo efecto placentero, y nos ofrece una razón de peso para volver a exponernos a ese estímulo, como ocurre en cualquier adicción.

Cuando se libera la dopamina y hay una sensación de placer, el cerebro primitivo envía el mensaje de repetir el comportamiento generador de la sensación deseada, explican los especialistas en adicciones.

Ahora bien: no cualquier persona es adictible y menos a la pornografía. La posibilidad de hacernos adictos a una conducta, práctica, sustancia, emoción o estímulo, depende de la genética y la estructura de personalidad del individuo.

La pornografía que involucra a seres humanos adultos, utilizada y disfrutada por adultos (solos o acompañados), como actividad para estimular y enriquecer el erotismo, es totalmente recomendable en caso de que busquemos incrementar nuestro deseo, la excitación y la obtención del orgasmo, así como la variedad de fantasías y actividades sexuales. Puede ser una extraordinaria herramienta para ayudar a los pacientes que acuden a terapia sexual con alguna disfunción en su respuesta sexual. No hay que olvidar, sin embargo, que las exageraciones fisiológicas (cantidad de semen eyaculado, tamaño del pene, de mamas, profundidad de la garganta y habilidades acrobáticas) no son más que parte de la ciencia ficción porno… y que compararnos o pretender parecernos a lo que observamos, no es más que una amenaza a la autoestima e identidad.

La investigación también indica que los adolescentes están luchando con el uso compulsivo y otros comportamientos relacionados con la pornografía en Internet y el cibersexo. La exposición frecuente a material sexualmente explícito tiene un impacto en sus percepciones sociales y la actitud hacia la realidad: cuanto mayor es la exposición a dicho material, mayor es su actitud instrumental hacia el sexo. 

La disfunción sexual asociada con la visualización excesiva de pornografía también se ha debatido mucho. En un estudio de hombres croatas, noruegos y portugueses, se observó que el 40% de los hombres de la muestra portuguesa y entre el 57% y el 59% de los hombres de las muestras noruega y croata, respectivamente, estaban usando pornografía en varias ocasiones a la semana. Aproximadamente el 14,2% -28,3% de los participantes informaron de disfunción eréctil, el 16,3% -37,4% informaron de deseo sexual disminuido y el 6,2% -19,9% tenían eyaculación tardía. 

En otro estudio realizado entre 299 estudiantes de pregrado (70,6% hombres) de la Universidad First Capital de Bangladesh, el uso de pornografía fue significativamente mayor entre los estudiantes que se reunieron hasta altas horas de la noche con sus amigos, lo que representó el 58.4%. Además, aquellos que no se acostaban a tiempo reportaron un mayor consumo. Este estudio proporciona una descripción general del consumo de pornografía en línea. Una proporción significativa de estudiantes varones consumía materiales eróticos más que las mujeres. Tales comportamientos pueden tener impactos negativos en los jóvenes, en su desempeño académico, así como impactos sociales y morales más amplios para la sociedad en su conjunto. También se observó que esos estudiantes tenían dificultades para concentrarse en los estudios e incapacidad para irse a la cama a tiempo. 

Los científicos sociales y del comportamiento expresan serias preocupaciones sobre el impacto de ver pornografía sexualmente agresiva. Bausserman en 1996 revisó la investigación que explora la relación entre la pornografía dura y los delitos sexuales. La reacción de los receptores de sexo agresivo también es preocupante, ya que lleva a los espectadores a pensar que la violencia y la agresión son justificables. 

Se ha dicho que el exceso de visualización de pornografía está asociado con problemas psiquiátricos como ansiedad y depresión, e incluso disfunción sexual. Las personas con esta adicción tienen grados más bajos de integración social, aumento de los problemas de conducta, niveles más altos de comportamiento delictivo, mayor incidencia de síntomas depresivos y disminución de la vinculación emocional. La pornografía es una expresión de fantasías y se dice que tiene el potencial de reconfigurar los centros de placer del cerebro y alterar las estructuras y funciones.

También puede provocar cambios importantes en el cerebro, similares a los que se pueden ver en las adicciones a las drogas. Debido al auge de la tecnología y al fácil acceso a dicho material, es imperativo proporcionar programas educativos sobre la adicción a la pornografía diseñados específicamente para educar a los estudiantes sobre los efectos adverso de esta.

La relación entre la exposición de los adolescentes a material sexualmente explícito y la preocupación sexual se define como un fuerte compromiso cognitivo en cuestiones sexuales, a veces excluyendo otros pensamientos. Peter y Valkenburg encuestaron a 962 adolescentes holandeses tres veces en el transcurso de un año y encontraron que cuanto más frecuentemente los adolescentes usaban películas sexualmente explícitas en Internet, más a menudo pensaban en el sexo, más fuerte se volvía su interés y más frecuentemente se volvían distraídos por pensamientos relacionados con este. Estudios de Haggstrom-Nordin et al y Kraus y Russell sugirieron que la exposición temprana a material sexualmente explícito aumenta la probabilidad de que tanto hombres como mujeres adolescentes tengan sexo oral y relaciones sexuales antes que sus compañeros no expuestos. El estudio de Brown y L-Engle en 2009 apoyó los hallazgos de estos estudios anteriores.  Marie-Pier y sus colegas, al perfilar el uso de ciberpornografía y el bienestar sexual en adultos, encontraron que los usuarios recreativos informaron una mayor satisfacción sexual y una menor compulsividad, evitación y disfunción sexual. Por otro lado, los consumidores compulsivos presentaron menor satisfacción y disfunción sexual con mayor compulsividad y evitación sexual. 

La pornografía en Internet es un medio de comunicación que puede facilitar el uso problemático y el deseo de participar. La investigación sugiere que ciertas cogniciones y el procesamiento de la información, como el deseo, son fundamentales para la activación y la intensificación de las conductas adictivas. 

Referencias:

George M, Maheshwari S, Chandran S, Rao TSS. Psychosocial Aspects of Pornography. Journal of Psychosexual Health. 2019;1(1):44-47. doi:10.1177/2631831818821535