“Yo nunca seré viejo, porque para mi ser viejo es siempre tener diez años más de los que tengo” Bernard Baruch

Existen mitos y estigma en relación a la sexualidad de los adultos mayores debido a la falta de conocimiento y solemos tener creencias negativas y estereotipadas sobre el envejecimiento; muchos suponen que los adultos mayores no son sexualmente activos, por lo tanto, faltan -entre otros temas-, diagnósticos relacionados con infecciones de transmisión sexual (ITS) en ellos, por parte de los médicos.  Las suposiciones incorrectas conducen a evitar la discusión de sexo de una manera positiva o normativa, lo que resulta en una salud sexual reducida.

Uno de los mitos entorno al sexo es que tiene un efecto negativo sobre el individuo: en efecto, la civilización occidental tiene una tradición milenaria de actitudes negativas y prejuicios en lo que respecta al sexo. Prácticamente no se hace referencia a los beneficios de la expresión sexual en la salud fisiológica y psicosocial. Sin embargo, los primeros investigadores que trabajaron en este campo han demostrado muchos de los beneficios de la expresión sexual para la salud, entre los que cabe mencionar el aspecto positivo de su alcance físico, intelectual, emocional y social.

A principios de los años 1980, se publicaron los resultados de un estudio que examinó la sexualidad y el comportamiento de las personas de la tercera edad en Estados Unidos. De los más de 800 adultos de más de 60 años que participaron en la encuesta, el 92.7% de los hombres y el 70.4% de las mujeres seguía siendo sexualmente activo, mientras que el 75% de los encuestados pensaba que el sexo contribuía de manera positiva a su estado de salud actual.

En el famoso estudio Caerphilly (Ebrahim et al., 2002), en el que se estudiaron 918 hombres de entre 45 y 59 años de edad desde 1979 hasta 1983, se examinó la relación entre la actividad sexual y la incidencia de cardiopatías y accidentes cerebro vasculares. Los investigadores determinaron que las relaciones sexuales frecuentes, dos veces por semana o más, estaban asociadas con una menor incidencia de eventos coronarios fatales. Con base a un seguimiento de diez años, las personas que refirieron una frecuencia intermedia o baja de relaciones sexuales, menos de una vez por mes, tenían tasas de episodios coronarios fatales dos veces más altas que las que informaron una mayor frecuencia en las relaciones sexuales.

Usando métodos similares, los investigadores determinaron que las relaciones sexuales frecuentes no estaban asociadas con un mayor riesgo de accidentes cerebro vasculares. Este hallazgo es particularmente importante dada la creencia generalizada de que las relaciones sexuales frecuentes pueden causar accidentes cerebro vasculares.

Un estudio sueco también encontró una asociación entre las relaciones sexuales y la longevidad: se realizó una encuesta que abarcó 166 hombres y 226 mujeres de 70 años de edad; cinco años más tarde, se revisaron los registros para determinar qué participantes murieron antes de cumplir 75 años: la mortalidad resultó más alta entre los hombres que dejaron de tener relaciones sexuales a una edad más temprana pero no se encontró ninguna relación entre la actividad sexual y la mortalidad en mujeres. (Persson, 1981). 

También se observó que la testosterona, una hormona importante para el deseo sexual en mujeres y hombres, ayuda a reducir el riesgo de ataques cardíacos y a reducir el daño de los músculos coronarios cuando se produce un ataque cardíaco. (Booth et al., 1999; Fogari et al., 2002).

Sabemos que el interés erótico continúa en la mayoría de las personas de la tercera edad y aunque algunos estudios revelan y coinciden en que la frecuencia y calidad de la actividad sexual disminuye con la edad, un buen número de ancianos piensa en ella y la ejerce, solos y acompañados. Pero hablar sobre la sexualidad en las personas de la tercera edad, merece que la conceptualicemos correctamente para derribar la idea falsa y recurrente de que nos estamos refiriendo solo a la dimensión erótica y genital de ésta.

La identidad de género se refiere a “quién soy”: lo que pensamos y sentimos respecto a nuestro ser, diferencias entre hombres, mujeres, incluso la edad, pueden tener impactos importantes en ese sentir. Sin embargo, el tipo y magnitud del impacto en esta esfera de la sexualidad, depende del tipo de masculinidad o feminidad que haya existido antes de la llegada de la vejez. Debido al machismo y la cultura falocéntrica imperante, muchos varones centran su valor como hombres en los atributos típicos de la juventud (aspecto y fortaleza física, habilidad para ciertas actividades, poder adquisitivo, etc.) y en su funcionamiento sexual (deseo y actividad sexual, habilidad para obtener y mantener una erección, habilidad para eyacular). Para ellos, la llegada de la vejez con sus problemas, cambios y retos, puede impactar su autoestima de manera importante (a veces positiva y otras veces negativamente). El bienestar sexual también puede verse afectado por la incomodidad física general, y las fluctuaciones del estado de ánimo o del estado mental (Bancroft, 2009).

Las mujeres mayores parecen ser menos vulnerables a la insatisfacción relacionada con el cuerpo de las más jóvenes.  A pesar de la dinámica específica de la edad de satisfacción sexual y bienestar sexual, los hallazgos de investigaciones de diferentes países muestran que una proporción sustancial de hombres y mujeres que envejecen están satisfechos con su vida sexual. Hay algunas pruebas limitadas de que esta proporción puede estar aumentando.

La edad avanzada puede afectar la satisfacción sexual en los niveles individuales, interpersonales y relacionados con la cultura. Según la investigación publicada en el  Journal of Aging and Health, se encontró que el índice de masa corporal (IMC) era el predictor más fuerte de satisfacción con la apariencia corporal para ambos sexos, junto con el funcionamiento corporal en el caso de los hombres.  Con respecto a la satisfacción con el funcionamiento corporal, las limitaciones funcionales fueron el predictor más importante de las mujeres, mientras que los hombres vincularon la satisfacción con la apariencia del cuerpo más estrechamente con el funcionamiento en comparación con las mujeres.  Las diferencias de género sugieren que las intervenciones para mejorar la satisfacción del aspecto deben ser específicas de género, en particular las relacionadas con el funcionamiento corporal.


La respuesta sexual tiene cambios importantes determinados por la edad. Si bien la capacidad de significación erótica y de gozo ante los eventos eróticos permanece muchas veces sin ser afectada, las respuestas físicas corporales se modifican casi siempre; y no pocas veces, sobre todo cuando se asocian enfermedades, los cambios llegan a constituir patrones de disfuncionalidad sexual. Sin embargo, es un error considerar que la vida erótica termina con la edad. En vez de ello, debemos asumir la realidad de que con el avance de la edad ocurren cambios importantes en la vida erótica prácticamente en todas las personas. 

El interés erótico continúa en la mayoría de los ancianos. La representación popular del anciano interesado en la vida erótica etiquetado como extraño y hasta peligroso (el famoso “viejo rabo verde”), resulta un grave error de apreciación de la realidad humana. A la fecha se han publicado ya muchos trabajos científicos que muestran que la visión tradicional no es la realidad. 

  • La proporción de adultos mayores con actividad sexual declina con la edad, pero no llega a desaparecer; si la actividad continua, la frecuencia no cambia. La declinación de la actividad sexual depende del estado general de salud de la persona, de su edad y de la disponibilidad de compañero o compañera sexual. Los hombres que tenían mayor actividad sexual en la juventud tienen un menor declive al envejecer que los hombres con menos actividad sexual. 
  • Cambios en la respuesta sexual con la edad. Con los años, algunos cambios físicos pueden hacer que la experiencia sexual sea más difícil. Las descripciones clásicas de Masters y Johnson son útiles: la mujer puede notar que la vagina se acorta y se hace más angosta, sus paredes se vuelven más delgadas y un poco más rígidas. La mayoría de mujeres tienen menos lubricación, y esto puede afectar su placer sexual. En los hombres, la calidad de la erección se modifica, ya que se vuelve menos rígida y se obtiene con más lentitud que en los años de juventud. La cantidad de eyaculado disminuye, la pérdida de la erección después de la eyaculación es más rápida que antes y el tiempo necesario para tener otra erección aumenta en relación a tiempos anteriores. Muchos hombres encuentran que se requiere mucha más estimulación física para que la erección aparezca, a diferencia del pasado, cuando podía provocarse con el solo pensamiento. Muchas veces, lo que sucede cuando la persona envejece es que aparecen disfunciones sexuales. Estos cambios se consideran parte del envejecimiento normal, pero el asunto es cuestión de grado, pues los mismos cambios con mayor intensidad constituyen disfunciones sexuales en el adulto mayor. 

En la mujer, asociada al envejecimiento se hace frecuente la falta de deseo sexual, en lo que parece ser un impacto de los cambios hormonales que acompañan a la menopausia; son frecuentes también los problemas de lubricación, que pueden causar dolor durante la actividad sexual y dificultades para alcanzar el orgasmo. 

Y en cuanto a amor, la edad no parece afectar la capacidad de amar o de enamorarse. Sin embargo, a diferencia de otras dimensiones de la sexualidad que han sido investigadas con mayor detalle, existe una carencia importante de datos generados en estudios bien controlados respecto a los cambios de la capacidad amatoria de las personas de edad. El psicoanálisis ha aportado descripciones de la presencia de la capacidad de enamorarse y de amar en las personas de edad. Otros estudios han mostrado que, de hecho, la presencia de ligas afectivas importantes puede ser un factor que protege del deterioro cognitivo que sufren muchos adultos mayores. Muchos adultos mayores se enfrentan a la pérdida de sus compañeros de vida por lo que la soledad y expectativa social equivocada de que la vida sexual es algo que debería haber acabado, suele impedir que estos adultos busquen relacionarse nuevamente. No hay razón para esto, cuando observamos cómo la capacidad de establecer relaciones afectivas intensas permanece inalterada en la mayoría de los adultos mayores.


Referencias: 

  • Sinković, Matija & Towler, Lauren. (2018). Sexual Aging: A Systematic Review of Qualitative Research on the Sexuality and Sexual Health of Older Adults. Qualitative Health Research
  • Tupy, Schumann, and XuJournal of Positive Sexuality , Vol. 1, November 2015 Sexual Activity and Older Adults: Stigma, Overall Health, and Research
  • Rubio-Aurioles, Eusebio (1994), “Introducción al estudio de la sexualidad humana”, en Consejo Nacional de Población (1994), Antología de la sexualidad humana, volumen I, México, Miguel Ángel Porrúa.
  • Philipe de Souto Barreto, et al: Predictors of Body Satisfaction: Differences Between Older Men and Women’s Perceptions of Their Body Functioning and Appearance  , Nov 1, 2010 ) 


  • Ebrahim S, May M, Ben Shlomo Y, McCarron P, Frankel S, Yarnell J, Davey Smith G. Sexual intercourse and risk of ischaemic stroke and coronary heart disease: the Caerphilly study. J Epidemiol Community Health. 2002 Feb;56(2):99-102.